13 octubre 2009

k'uaki /el zopilote (cuento indígena)


Un día el zopilote despertó de madrugada, parpadeo repetidas veces, volteo sus ojos con el propósito de agudizar su mirada, levantó los pies para confirmar que estaba bien, ¡ de pronto! Se sacudió pensando en muchas cosas.

Se quedó estático como si estuviera ausente, tal parecía como si anduviera muy lejos, estaba pensando y en voz clara exclamó: Los años han transcurrido y yo de aquí de estos lugares jamás me he movido, muchos animales hermanos míos venían a visitarme pero, , hace ya algún tiempo que nadie se aparece, ¿Cual será la causa por la que no vienen?, estuviera muy bien si yo fuera a verlos, llevarles un fraternal saludo que al cabo pronto regresare, nada pierdo con ir, allá voy.

Dio un salto, extendió sus alas elevándose lo mas que pudo, cuando se encontraba muy arriba empezó a mirar que solamente unos cuantos árboles existían porque los humanos a cada rato incendiaban los pastos, las flores, a los árboles y los animales allí se quemaban, a parte los hombres deforestaban derribando mas y mas árboles.

Siguió volando y vio muchos caminos a los que hoy llamamos carreteras, así también a las cosas que se movían haciendo mucho ruido, fue entonces que empezó a descender volando lo mas bajo que pudo y fue entonces que miró a muchos animales como son; los venados, zorrillos, tejones, conejos, coyotes, armadillos, víboras bien aplastados, quienes los habían aplastado fueron las cosas esas que hasta cimbran la tierra al caminar y que los hombres nombran camiones.

El cuervo al ver aquel cuadro tan desolador sintió una enorme tristeza, hablo de la siguiente manera: Mis hermanos por los caminos y los incendios se están terminando, los hombres no recuerdan y ni piensan que nosotros nos estamos extinguiendo, si a nosotros nos matan ellos también se acabaran por que no podrán vivir sin árboles y sin nosotros que a diario alegramos sus vidas y por todo lo que realizamos a favor de ellos.

Me siento realmente mal al ver todo tan triste y yo solo no podré hacer nada para remediar esta situación, entonces, ahora si de plano me boy a sentar a llorar. Se paró en un palo viejo, se cubrió los ojos y lloró y lloró sintiendo pena por los que vio muertos y por lo que se está terminando.

Es obligación de los mortales cuidar de toda clase de animales, es por eso que les pido a los niños, jóvenes y señores que, nuevamente brinquen y canten las aves, que se alegre el mundo con sus cantos, con el aullar de los coyotes, que los campos vuelvan a reverdecer por los árboles que se planten y que estén en pie.

Benjamín González Urbina
Fuente: Tepeku

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